sábado, 27 de diciembre de 2025

La riqueza que Dios sí aprueba

 


No toda bendición viene en forma de abundancia,
ni todo sufrimiento es una maldición.

Jesús sanó enfermos, devolvió la vista a ciegos y resucitó muertos,
pero nunca prometió que esos milagros transformarían el corazón del hombre.



Por eso dijo:

“¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?” (Marcos 8:36).

La Biblia muestra que el problema del ser humano no es lo que le falta,
sino lo que hay dentro de él.
Cambiar las circunstancias sin cambiar el corazón
puede dejar al hombre en peor estado que antes
(Mateo 12:43–45).

Por eso Dios no da a todos lo mismo.
Él conoce el corazón y sabe qué puede cargar cada persona sin perderse.
A unos les da, a otros les guarda,
no por favoritismo, sino por misericordia.

Yo entendí que la riqueza no siempre ayuda.
El dinero puede crear dependencia, orgullo y miedo.
Puede alejar al hombre de Dios y hacerlo confiar más en lo que posee
que en Aquel que provee.

La Escritura lo advierte claramente:

“Los que quieren enriquecerse caen en tentación y en muchos males”
(1 Timoteo 6:9).

La pobreza, en cambio, puede traer libertad.
Libertad para caminar sin temor,
para vivir sencillo,
para dormir en paz.

Por eso el apóstol Pablo pudo decir:

“He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación”
(Filipenses 4:11).

Hoy puedo decir con certeza que soy rico.
No porque tenga bienes,
sino porque conozco a Dios.

Y la Biblia confirma esta verdad:

“No se alabe el rico en sus riquezas… mas alábese en esto: en entenderme y conocerme”
(Jeremías 9:23–24).

La verdadera riqueza no se guarda en cuentas,
no se defiende con miedo
y no se pierde con el tiempo.

Porque tener a Dios es tenerlo todo,
y no tenerlo a Él,
es carecer incluso en medio de la abundancia.

Autor:  Félix Guerra Velásquez

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