Es una pregunta que parece sencilla, pero encierra una verdad profunda y muchas veces dolorosa. Porque solemos vivir como si el tiempo no se fuera a acabar, como si lo que hoy tenemos nos perteneciera por derecho eterno. Pero no es así. La vida, con su misteriosa sabiduría, se encarga de enseñarnos—con amor o con dureza—el verdadero valor de las cosas. Y muchas veces, tristemente, aprendemos a valorar cuando ya hemos perdido.
Sabes, Dios tiene una paciencia infinita con nosotros. Una paciencia que no se mide en minutos ni en años, sino en experiencias que nos transforman. Él no nos enseña con castigos vacíos ni con palabras huecas, sino con vivencias, con pruebas, con silencios que hablan más que mil sermones. Nos lleva, poco a poco, por un camino que no siempre entendemos al principio, pero que con el tiempo revela un propósito lleno de sentido.
A veces esa enseñanza llega como un susurro, en un momento de reflexión que basta para despertarnos y no volver a dormir en la ignorancia. Pero otras veces… otras veces tarda años. Y no porque seamos incapaces de aprender, sino porque simplemente no queremos escuchar, porque nos aferramos a la ilusión de que todo está bajo nuestro control.
Yo, personalmente, conocí ese aprendizaje cuando la vida me quebró. Me encontré en una situación difícil, una en la que ni mi fuerza, ni mi inteligencia, ni mis buenas intenciones servían de mucho. Fue entonces cuando tuve que rendirme… no por derrota, sino por entrega. Le dije a Dios: “Haz conmigo lo que tú creas mejor”. Y al hacerlo, sin saberlo, abrí la puerta al verdadero aprendizaje.
No entendía que todo lo que había vivido hasta ese momento era preparación. Pensaba que eran simplemente cosas que "le pasan a cualquiera", pero no. Cada elección, cada pérdida, cada situación era una lección envuelta en la rutina, una brújula oculta que me guiaba hacia ese instante de rendición. Incluso decisiones que creía propias, me doy cuenta ahora, eran caminos en los que Dios ya me llevaba de la mano.
Recuerdo cuando era joven y practicaba ciclismo de ruta. Era un deporte de resistencia, de perseverancia, de aprender a seguir pedaleando incluso cuando el cuerpo pedía rendirse. Más tarde, visité hospitales, acompañé a enfermos, vi de cerca el dolor y el milagro silencioso de quienes aprenden a vivir con menos. Vi personas que habían perdido una pierna, una mano, la vista, la movilidad... y sin embargo, seguían adelante.
Uno de esos casos quedó grabado en mi alma. Un joven, de apenas 23 años, perdió el uso de sus piernas en un accidente. También perdió a su novia, y con ella, una parte de sus sueños. Amaba el fútbol, pero ya no podía jugarlo. Lo visité durante casi dos años, esperando ver un milagro. El milagro físico nunca llegó. Pero años después lo vi entrenando niños desde su silla de ruedas. Más tarde lo vi conduciendo un auto adaptado, sonriendo. Comprendí entonces que sí hubo un milagro: el de seguir viviendo, el de decidir que la vida aún valía, incluso desde otro ángulo.
Eso me inspiró… pero no me blindó. Cuando me tocó a mí enfrentar la dificultad, me aferré a lo bueno que había hecho por otros, como si eso me eximiera del dolor. Pero el sufrimiento no discrimina. Nadie es inmune. Sin embargo, todo lo que había vivido antes fue mi escuela, mi campo de entrenamiento para atravesar ese desierto.
Me encontré limitado, herido, atrapado en un cuerpo que ya no respondía como antes. Comía solo tres cosas: pollo, fideos y plátanos. Todo lo demás me hacía daño. Me frustré. Me llené de tristeza y quejas. Hasta que una noche, en una visión, una anciana me dijo con ternura: "Es tiempo de comer fideos, para que después puedas comer de todo." Y esa frase cambió mi vida.
Comprendí que no estaba condenado, solo estaba en una temporada. Que esos alimentos simples no eran un castigo, sino un sustento. Dejé de lamentarme por lo que no podía comer, y comencé a agradecer por lo que sí podía. Aprendí a amar lo simple, lo poco, lo suficiente.
Y ese fue solo el principio. Empecé a ver la vida desde otro lugar. Me di cuenta de que no vine al mundo para lograr metas o cumplir sueños como un deber, sino para vivir… para respirar, para amar, para disfrutar incluso lo más pequeño. Las flores. Los animales. El rostro de mi familia. El calor del sol. El sonido de la lluvia. Cosas que antes me pasaban desapercibidas comenzaron a tener sabor, olor, color, vida.
Aprendí, finalmente, que damos por sentado todo aquello que creemos que siempre estará ahí. Pero cuando algo falta, cuando lo perdemos… entonces entendemos su valor.
Y vuelvo a la pregunta: ¿cuándo es el momento justo para valorar lo que tenemos?
¿Es cuando ya no lo tenemos?
¿Es cuando duele?
¿Es cuando lo vemos en otros y no en nosotros?
Mira estos ejemplos:
-
Alguien valora su bicicleta solo cuando tiene que caminar kilómetros a pie.
-
Otro aprende a amar sus piernas el día que una silla de ruedas reemplaza su libertad.
-
Hay quienes valoran su silla de ruedas recién cuando se rompe y no hay con qué repararla.
-
Otros descubren el milagro de respirar cuando se están ahogando.
-
Algunos recién entienden el valor de un plato de comida cuando el hambre aprieta sin tregua.
-
Muchos lloran por la ausencia de sus padres… cuando ya no pueden llamarlos.
-
Y hay quienes miran con gratitud su único pantalón recién cuando se rasga y no hay con qué cubrirse.
-
La salud, la damos por hecho… hasta que la enfermedad nos detiene.
No esperes perder para agradecer.
No esperes el silencio para valorar la voz.
No esperes la ausencia para abrazar con más fuerza.
El momento justo para valorar lo que tenemos… es ahora.
Ahora que puedes caminar.
Ahora que puedes oír, ver, respirar, hablar.
Ahora que tienes a tu familia, un techo, un plato de comida.
Ahora que todavía puedes amar y ser amado.
Hazlo hoy. No porque el mañana no llegue, sino porque el ahora es un regalo que no se repite.

No hay comentarios:
Publicar un comentario