lunes, 13 de octubre de 2025

Ni un paso sin Dios

 


Caminaba sin rumbo, atrapado en un callejón que parecía no tener salida. Iba y venía, una y otra vez, con el corazón lleno de angustia y desesperación. Me sentía como un sentenciado a muerte, esperando el momento inevitable del fin.
Cada paso resonaba sobre el pavimento, un eco que me recordaba lo solo que estaba. A veces levantaba la vista al cielo, de día o de noche, buscando una señal, algo que me diera esperanza. Pero mi esperanza estaba siempre al borde de desvanecerse, y muchas veces, mirar al cielo no era suficiente.


Cuando llegaba la noche, cerraba los ojos con la esperanza de que el sueño pusiera fin a mi angustia. Siempre pensé que la esperanza venía de afuera, que un día la vería aparecer como una luz en el horizonte. Pero nunca la vi venir de fuera.

Hasta que un día, con los ojos cerrados, me hice una pregunta que cambió todo:
¿Quién está conmigo?
En la oscuridad interna solo podía ver eso… oscuridad. Sentí que estaba dentro de algo, y comprendí que ese “algo” era mi propio cuerpo. Entonces me dije: yo soy el que está aquí dentro, en medio de esta oscuridad. Por un instante sentí miedo, hasta que otro pensamiento inundó mi mente y me susurró:
—¿De verdad estás solo?
—No lo sé —respondí.
—No estás solo aquí —me dijo.

En ese momento me di cuenta de que estaba teniendo una conversación con alguien que no podía ver ni tocar, pero cuya presencia llenaba todo mi ser. Lo amaba sin saber por qué, solo porque estaba allí, dentro de mí.

Desde aquel día entendí que no puedo dar un solo paso sin Él. No solo porque mi vida y mi realidad dependen de su existencia, sino porque es imposible vivir sin Él. Está tan profundamente dentro de mí que su voz se confunde con la mía sin ser la misma. Un día lo invité a entrar, y desde entonces no se ha ido ni se irá jamás. No tiene intención de dejarme, aunque yo me equivoque o le falle. Él es mi fuerza, mi razón de ser.

Podría vivir en cualquier universo donde Él esté, pero jamás podría existir en uno donde no esté.

Comprendí que no quiero vivir sin Él. Comprendí también que siempre me mira, y que todo lo que veo fue creado para mí. Todo lo que llega a mi vida tiene un propósito tierno, lleno de amor. Él no quiere que sufra, sino que aprenda.

Por eso ahora dedico mi tiempo a ver, a observar cómo Él está en todo: en las cosas, en los seres que me rodean, en cada detalle que antes pasaba por alto. Y al mirar, descubro que todo es bello.

No daré ni un paso sin Él. Me niego a vivir sin su presencia, porque sin Él, esto no sería vida.

Mira a Dios, y no camines sin Él.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Mira, estoy parado en la entrada y estoy llamando

 Quiero compartir cómo entiendo y cómo traduzco Apocalipsis 3:20, y por qué lo hago de una manera un poco distinta a la Reina-Valera, sin co...