sábado, 15 de noviembre de 2025

Un mal necesario y el alto costo de la libertad

 


Después de que todo fue creado por Dios, el hombre espiritual —formado del polvo de la tierra— fue puesto en el huerto de Edén para que lo cuidara y lo labrara.
Aunque el relato bíblico sitúa al Edén en un lugar físico, debemos entender que era un lugar espiritual, pero no en el sentido en que hoy concebimos “lo espiritual”. Más bien, era un espacio que mediaba entre lo físico y lo espiritual, tal como Adán, un ser espiritual hecho de materia física. Por eso el lugar también contenía árboles espirituales, como el árbol de la ciencia del bien y del mal y el árbol de la vida.

Como ya sabemos, el hombre tomó del árbol del cual Dios le había ordenado no comer, advirtiéndole que, si lo hacía, moriría, e incluso que le era mejor no tocarlo.


Ahora bien, Dios, como creador, sabía exactamente lo que hacía al poner a Adán en el huerto de Edén. El problema surge cuando nosotros, los que ahora leemos el relato bíblico, nos hacemos numerosas preguntas, por ejemplo:
¿Si Dios sabía que el hombre comería del árbol de la ciencia del bien y del mal, por qué dejó ese árbol allí?
¿Por qué Dios no eliminó a la serpiente para que no engañara a Eva?

Estas preguntas nacen del desacuerdo que tenemos con la condición humana actual, y es comprensible: ninguno de nosotros desea estar en esta situación. Sin embargo, las razones de Dios al permitir todo esto son asombrosas, y descubriremos que todo lo que Dios ha permitido es por amor. Al final de este mensaje veremos que era necesario.

El hombre fue creado con inteligencia y sabiduría, pero no con experiencia. Aunque esto era bueno, también implicaba un problema, porque la experiencia vivida establece las bases de la sabiduría profunda, una sabiduría elevada y difícil de comprender. Por eso la experiencia es necesaria.

Recordemos que los tres elementos necesarios para que esta situación ocurriera como ocurrió estaban en el huerto de Edén. Estos elementos son: el árbol de la ciencia del bien y del mal, el hombre Adán y la serpiente. Al ver las cosas desde esta perspectiva, comprendemos que nada fue casualidad. Cada uno cumplió lo que le correspondía, pero también debía hacerlo por voluntad propia, pues Dios no obliga a nadie ni a hacer el bien ni a hacer el mal.

Para comprender por qué fue necesario que las cosas sucedieran así, usemos un ejemplo. Te presento un razonamiento acerca de la paz y de la persona pacífica. Sabemos, por las consecuencias que podemos observar, que la paz es buena y que la guerra no lo es.
Imaginemos dos hombres:
Uno mide dos metros, es de complexión fuerte, está bien armado y sabe usar las armas; en pocas palabras, tiene la capacidad de defenderse utilizando la violencia. El otro mide un metro sesenta, es delgado y débil, no tiene armas, no sabe usarlas y no puede recurrir a la violencia para defenderse. Ambos, por separado, son provocados a pelear, pero ninguno recurre a la violencia.
¿Quién de los dos es pacífico por elección y quién lo es por necesidad?
El primero es pacífico por elección, pues posee todo lo necesario para hacer daño, pero decide no hacerlo. El segundo no tiene elección; debe ser pacífico porque no tiene otra alternativa y sabe que sería vencido.

Sabemos que Dios nos ha elegido para algo grande y para poseer poder, quizá incluso más que otras criaturas celestiales. Pero también debemos ser capaces de elegir la paz bajo cualquier circunstancia y saber usar la violencia sólo cuando sea extremadamente necesaria.

Para entender mejor este asunto, pongamos otro ejemplo:
Todos sabemos que en el cielo hubo una batalla. El Diablo y sus ángeles se rebelaron contra Dios, entonces el arcángel Miguel y sus ángeles combatieron contra el Diablo, lo vencieron y lo arrojaron a la tierra. Imaginemos la escena: el Diablo se levanta contra Dios, pero Miguel y sus ángeles saben discernir qué hacer en esa situación. Los ángeles son buenos, no disfrutan de la violencia, pero resulta necesario usarla porque la situación lo exige.

Otro ejemplo es el castigo de los ángeles que pecaron con las hijas de los hombres. La Biblia dice que Dios los encerró en prisiones de oscuridad. Ese lugar no es algo bueno; por el contrario, es algo malo. Hacer sufrir a alguien de ese modo es un mal, pero es un mal necesario, porque si no se hiciera, los demás ángeles pensarían que pueden cometer los mismos males y quedar impunes. Todo sería un caos, y la maldad no tendría límites.
Lo mismo sucede con el infierno: es un mal necesario que incomoda a muchos, pero es la única forma de mostrar que la maldad tiene castigo.

Regresando al tema, algo que se puso en práctica en el huerto de Edén fue la facultad de decidir, facultad de la cual Adán aún no había hecho pleno uso. Digo pleno porque, si bien decidió no comer del árbol por algún tiempo, también decidió comer de él. Así llegó al uso completo de su capacidad de decisión, dejando claro que, aunque Dios aconseja qué hacer o qué no hacer para nuestro bien, al final quien decide eres tú.

Ahora comprendemos que el ser humano posee un conocimiento profundo del bien y del mal por experiencia. Pero esa adquisición tuvo un costo, porque se hizo el mal para poder aprender, y la consecuencia del mal es un castigo eterno. Para que la humanidad conservara ese conocimiento sin sufrir la condena correspondiente, Dios planeó pagar Él mismo el precio de la maldad utilizada para obtener ese conocimiento, destruyendo así el argumento de la serpiente de que Dios no quería que el hombre fuese como Él, conociendo el bien y el mal.

El costo fue grande, pero Dios lo hizo por amor a nosotros. Tanto así que cargó sobre sí el castigo que nuestras acciones merecían. Sin esto, no habríamos alcanzado la altura del conocimiento que Él desea para nosotros.

Autor:  Félix Guerra Velásquez

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