Para eso, usa con toda tu fuerza la imaginación.
Si tienes una flor a la mano, acércate a ella y mírala con detenimiento. Si te resulta difícil observarla bien, tómale una fotografía con tu teléfono y amplíala. Presta atención a cada detalle: su color, su forma, la delicadeza de cada pétalo, el centro de la flor. Observa con calma, sin prisa.
Después de hacerlo, imagina a Dios creando esa flor. Imagina cómo, uno a uno, cuida cada detalle con dedicación y precisión. Antes de crearla, Él la pensó; la imaginó en su mente, y luego la trajo a la existencia tal como la ves ahora.
Pero la escena no termina ahí.
Ahora imagina a alguien al lado de Dios, alguien que no sabe qué es lo bello ni lo feo, observando esa misma flor. Dios le pregunta:
“¿Qué opinas de esta flor? Es bella, ¿verdad?”
Esa persona no sabe qué responder, porque no tiene la capacidad de distinguir la belleza. Entonces Dios comprende su silencio y, con amor, toma de su propia mente y le comparte esa capacidad. En ese momento, ambos pueden ver la flor desde la perspectiva del Creador, y la belleza se vuelve evidente.
Así entendemos algo profundo: nadie puede contemplar verdaderamente lo bello si Dios no le concede esa visión. La belleza no nace solo de lo que vemos, sino de la mente de Aquel que lo creó todo. Y cuando abrimos el corazón a Dios, comenzamos a ver el mundo como Él lo pensó: lleno de orden, propósito y una belleza que habla de su amor en cada detalle.

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