Desde muy joven, cuando apenas tenía catorce años, me adentré en el mundo del ciclismo de ruta. No fue una simple afición pasajera; fue una pasión que me acompañó en una etapa decisiva de mi vida. Participé en muchas competencias, algunas locales, otras más exigentes, pero todas me marcaron de alguna forma. A los diecinueve años, sin embargo, dejé de practicarlo. No fue por falta de amor al deporte, sino por el curso natural de la vida, los cambios, las responsabilidades y decisiones que nos apartan de ciertas sendas. Hoy, con la mirada puesta hacia atrás, a veces me arrepiento de no haber seguido, aunque fuera solo por afición. Porque el ciclismo no era solo una actividad física, era un reflejo de muchas cosas más profundas que estaban ocurriendo dentro de mí.
Recientemente, recordé una de las competencias más significativas de mi juventud. No fue la que gané ni en la que obtuve el mejor tiempo. Fue una contra reloj por cuartetas, donde cada integrante del equipo tenía un rol crucial. En este tipo de competencia, el ciclista que va al frente rompe el aire para que los que van detrás puedan conservar energías. Después de un tiempo, ese ciclista se pasa a la parte trasera, y otro asume la delantera. Es un trabajo en equipo, una danza de resistencia, estrategia y confianza mutua.
Recuerdo que, después de haber tomado mi turno al frente, me deslicé hacia atrás como correspondía. Sin embargo, el último ciclista —mi compañero— bajó el paso de forma inesperada, y mi rueda delantera tocó su rueda trasera. No pude reaccionar a tiempo. No logré sacar los pies de los pedales y caí de golpe. Mi cadera impactó contra el asfalto. Sentí el ardor de los raspones, y vi cómo mis compañeros seguían adelante sin darse cuenta de mi caída. Me quedé atrás, solo, con mi licra rota y el cuerpo adolorido.
Pero no me rendí. Me levanté tan rápido como pude, ignorando el dolor y el orgullo herido. Me subí a la bicicleta nuevamente con un solo pensamiento: alcanzar al equipo. Pedaleé con todas mis fuerzas durante 15 minutos, buscando cualquier rastro de ellos en el horizonte. Mi corazón latía con fuerza, no solo por el esfuerzo físico, sino por la necesidad de no quedarme atrás, de no ser el que abandona.
Fue entonces cuando, a lo lejos, vi a uno de mis compañeros. No era cualquiera. Era el capitán del equipo, un poco mayor que yo, más fuerte, más experimentado. Él había decidido bajar el paso para esperarme. Cuando por fin lo alcancé, me dijo con voz firme pero alentadora: "Pégate a mi rueda, que los vamos a alcanzar". Y así lo hice. A pesar del dolor, del cansancio, del miedo a no lograrlo, me aferré a su rueda como quien se aferra a una cuerda de salvación.
Durante los siguientes minutos, él rompió el viento por mí. Yo solo tenía que mantenerme pegado. Cinco minutos después, me dijo: "Cambio de turno". Tomé la delantera, manteniendo el paso como pude, mientras él recuperaba energías. Luego, él volvió a tomar la punta. Y así, turno tras turno, juntos, logramos alcanzar al equipo después de media hora de esfuerzo compartido.
Esa experiencia quedó grabada en mi corazón. No solo por el acto deportivo, sino por lo que significó espiritualmente. Años después, en una de las pruebas más duras de mi vida, cuando sentí que ya no podía más, recordé ese momento. Sentí que el Señor me decía exactamente lo mismo: "Iremos a tu paso, pero no te detengas. No te rindas. Tenemos que llegar a la meta".
Así como aquel capitán bajó el paso por mí, así también Dios se ha puesto a mi lado en los momentos más oscuros. No me exigió correr a su ritmo divino. Se ajustó al mío. Me cubrió. Me protegió del viento. Me dejó descansar. Y cuando pude, me pidió tomar mi turno, no para demostrar fuerza, sino para crecer, para participar, para aprender.
Esta historia es real. Es parte de mi vida. Y hoy quiero que vos que la estás leyendo la tomés como un espejo para tu propia carrera. Porque todos estamos corriendo una carrera, cada uno con su bicicleta, sus caídas, sus heridas, y sus luchas. A veces estamos al frente, liderando con fuerza. A veces vamos detrás, recuperándonos del cansancio. Y otras veces nos caemos y sentimos que todo está perdido.
Pero no lo está. Porque hay un Capitán que nunca nos deja. Uno que vuelve por nosotros, que baja el paso para encontrarnos, que nos anima con su voz, que nos dice: "Pégate a mi rueda". Ese Capitán es Jesús.
Tal vez hoy estás en el suelo, con la licra rota y la cadera dolida. Tal vez ves cómo otros siguen y sentís que nadie nota tu ausencia. Pero te aseguro: Él sí lo nota. Y no solo lo nota, sino que vuelve por vos. No para juzgarte, sino para ayudarte a llegar. Porque para Él no se trata de que seas el primero, sino de que no te rindas. De que llegués.
Reflexioná en esto:
No es más fuerte quien nunca se cae, sino quien, al caerse, se levanta y sigue pedaleando.
A veces, el camino más duro no es el que nos aleja de Dios, sino el que más nos lo revela.
La voz de Dios no siempre viene en forma de relámpagos. A veces, se escucha en una simple frase que se clava en el alma: "No te detengas".
Consejos desde mi experiencia:
No te castigues por haber dejado cosas atrás. Tal vez no seguiste con el ciclismo, o con alguna pasión que marcó tu juventud. Pero eso no invalida lo que sembró en vos. Lo que aprendiste sigue vivo.
Volvé a hacer memoria. A veces, en medio del dolor presente, recordar lo que fuiste capaz de superar en el pasado te da la perspectiva necesaria para no rendirte.
Permitite ir a tu paso. No te compares con los demás. Dios no te mide con un cronómetro. Te acompaña con amor. Si vas despacio, pero firme, Él va con vos.
Compartí tu historia. Lo que vos viviste puede ser la luz que alguien necesita. No subestimés el poder de un testimonio.
Hoy, aunque ya no compita como antes, aunque el tiempo haya pasado, sé que esa carrera sigue. Y sigo pedaleando. Con raspones, sí. A veces al borde del cansancio. Pero nunca solo. Porque tengo a mi Capitán. Y vos también lo tenés.
No te rindás. Pégate a Su rueda. Él sabe el camino. Y si no podés más, te cubrirá del viento hasta que podás volver a pedalear.

No hay comentarios:
Publicar un comentario