✨ “Cuando el amor parece ausente” ✨
Tal vez creciste en un hogar donde las paredes escucharon más gritos que palabras tiernas.
Quizá tus ojos vieron golpes donde debió haber abrazos, y tu corazón aprendió a latir con miedo antes que con calma.
Cuando eso sucede en la infancia, el alma se marca profundamente.
Uno no lo elige, pero la violencia deja huellas que pueden acompañarnos muchos años:
la sensación de inseguridad, el sobresalto ante el enojo ajeno, el nudo en la garganta cuando presenciamos una discusión.
Si estás leyendo esto y sientes que te estoy describiendo, quiero decirte algo:
no eres débil por no poder procesar la agresión.
Al contrario… es señal de que dentro de ti sigue vivo algo puro:
el amor que Dios plantó en tu interior antes de que cualquier herida llegara a tu vida.
Dios no creó al ser humano para entender el odio.
No nos diseñó para normalizar la violencia.
La Biblia dice que “Dios es amor” (1 Juan 4:8), y que sus ojos son tan limpios que no pueden mirar el mal ni tolerar la opresión (Habacuc 1:13).
Por eso, cuando te resulta insoportable ver el daño entre las personas, en realidad tu espíritu está reaccionando como el de tu Creador:
rechazando lo que Él también detesta.
Tal vez pienses: “¿Y qué hago con las heridas que me dejó mi infancia?”
Aquí hay algo hermoso: Dios no solo ve lo que sufriste, Él estuvo allí.
Él sintió cada golpe que no recibiste tú, pero que atravesó tu corazón al verlos.
Él oyó cada palabra dura que hizo temblar tu alma pequeña.
Y aunque no impidió esos momentos —porque vivimos en un mundo que se alejó de su amor—,
ha prometido restaurar todo lo que fue dañado.
El salmista escribió:
“Él sana a los quebrantados de corazón,
y venda sus heridas” (Salmo 147:3).
Dios no te mira como alguien roto sin esperanza.
Él te mira como un hijo amado que sigue teniendo un corazón sensible,
capaz de emocionarse ante el abrazo de dos personas que se aman,
capaz de soñar con un mundo donde no haya lágrimas por violencia.
Y esa esperanza no es una fantasía.
Los profetas hablaron de un tiempo en que la violencia dejará de existir:
“No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte…
porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová,
como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).
Ese día llegará, pero Dios quiere empezar a regalarte paz ahora.
¿Cómo?
Recordándote que el amor es más fuerte que el odio.
Que un solo gesto de bondad tiene más poder de transformación que mil actos de agresión.
Que tu corazón, aunque marcado por el dolor, aún late al compás de su lenguaje eterno: el amor.
Si lo que viviste sembró miedo, permite que Dios siembre esperanza.
Si la violencia te hizo callar, deja que Él ponga en tus labios palabras de consuelo para otros.
Si la infancia te mostró la ausencia de amor, deja que tu presente sea un canal para darlo en abundancia.
Y cuando sientas que el odio del mundo te paraliza,
recuerda que el Padre que te ama también lo rechaza.
Que no estás solo en esa sensibilidad,
porque es una chispa de su propia naturaleza dentro de ti.
Hoy, ahí donde estás, respira profundo y dile:
“Señor, enséñame a vivir en tu amor,
a no dejar que el dolor me robe la esperanza,
y a ser testigo de que tu paz es más grande que cualquier herida.”
El día en que Él haga nuevas todas las cosas,
no habrá golpes, ni gritos, ni llanto.
Solo el lenguaje que siempre entendiste… el lenguaje de Dios: el amor.
Autor: Félix Guerra Velásquez.

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