viernes, 24 de octubre de 2025

Realidades insondables para la mente humana


Si usted comienza a leer este libro, por favor, termine de leerlo para que tenga una imagen correcta de lo que se ha dicho aquí.
Yo sé que la información que le voy a dar es un poco increíble, pero también quiero que entienda que, con todo lo que está a punto de conocer, no se le resta responsabilidad al ser humano.
Como usted bien sabe, existe una lucha entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira. Es una batalla a muerte, y el asunto es que el ser humano está librando esta batalla. Jesús nos habló en la Biblia de una forma sencilla para que pudiéramos comprender lo más básico de esto y que nos centremos en nuestro interior, para ser exactos, en nuestro corazón.



Si Jesús nos hubiera explicado todas las cosas desde su perspectiva y conocimiento reales, no lo hubiéramos entendido. Recuerde que en ese tiempo el conocimiento estaba muy lejos, y ahora, a pesar de tener mucho conocimiento a mano, no todos son capaces de comprender.
Así que voy a hacer mi mayor esfuerzo para que lo que le voy a explicar sea lo más sencillo posible y, a la vez, profundo, para que pueda comprenderlo y pasarlo a los que lo necesiten o a las próximas generaciones.

En la Biblia, en el Antiguo Testamento, la historia humana comienza en el huerto de Edén. Allí es donde el Diablo o Satanás tienta a Eva, y ella, a su vez, tienta a Adán. En el Nuevo Testamento todo comienza en el desierto con el fallido intento del Diablo de tentar a Jesús.
Si puede notarlo, Adán está en el paraíso o huerto de Edén, un lugar de abundancia y de comunión con Dios; pero Jesús está en el desierto, lo cual es todo lo contrario al Edén. Sin embargo, en los dos escenarios el Diablo se hizo presente para tentar, pero hay una diferencia importante: en el huerto podían ver a la serpiente, o sea, al Diablo, pero en el desierto con Jesús no fue así.
En el huerto de Edén, Adán tenía una naturaleza no solo material, sino también divina. Por eso él podía hablar con Dios y podía ver lo natural como lo espiritual.
En el caso de Jesús, fue todo más extremo, porque se vistió de un cuerpo humano; eso le dio cierta desventaja frente al mal. Esa desventaja no la tuvo Adán, porque estaba vestido de la gloria de Dios.
Entonces Jesús, a pesar de estar en desventaja en todo sentido y de estar en un lugar difícil como era el desierto, le tocó enfrentar a un ser invisible, en este caso, el espíritu del mal.

Desde que el ser humano pecó, su condición cambió rotundamente. Cuando no había pecado, el ser humano era como una antena que podía captar con facilidad la voz de su Creador; había sido diseñado para eso y para tener comunión con Él. Por eso el Diablo tuvo que esforzarse para poder engañar a Adán, y lo hizo de forma material, como una serpiente, porque era imposible hablarle a la mente desde el mundo espiritual. Pero desde que el hombre pecó, el Diablo tuvo acceso ilimitado a la mente del hombre.
En el caso de Jesús, el Diablo en el desierto no se materializó, sino que le habló a la mente. O sea, desde que el hombre pecó, la capacidad del Diablo de engañar al ser humano fue más fuerte e imperceptible.

Ahora imaginemos la escena del intento del Diablo de tentar a Jesús. En el libro de Lucas, la Biblia dice que Jesús fue tentado esos cuarenta días: cuarenta días de tener pensamientos que no son de Jesús, pero que se hacen pasar como si fueran de Él. Era muy necesario aprender a identificar la voz del mal y rechazarla.
Lo más sorprendente es que, al día cuarenta, sintió hambre. El Diablo vio la oportunidad de intensificar sus ataques a la mente. Sin duda, el pensamiento que le vino a Jesús no fue en segunda persona, sino en primera persona, de esta forma: Yo soy el Hijo de Dios y puedo decirle a esas piedras que se conviertan en pan.
Pero Jesús identificó la voz del mal en su mente y la rechazó con la palabra de Dios.
Al Diablo ya solo le quedaban dos oportunidades. Entonces sí usó su poder y lo subió al pináculo del templo, y le volvió a hablar en la mente, esta vez usando la palabra de Dios, pero dándole un significado equivocado, lo cual Jesús también identificó y destruyó con la palabra de Dios y su verdadero significado.
Por último, lo puso en una montaña muy alta y, en un instante, le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos. Le volvió a hablar en la mente y le dijo que a él le habían sido dados, y que a quien él quisiera se los daría, y que si se postraba y lo adoraba, se los entregaría. Jesús, de nuevo, le respondió con la palabra de Dios y lo venció en su campo de batalla: la mente humana.

Queridos lectores, esto sigue sucediendo aún: el mal nos habla a la mente, y lo hace en primera persona, como si fuera nuestro propio pensamiento.
El apóstol Pablo le llamó a esto dardos de fuego del maligno.
En el tiempo de Jesús poco se hablaba y se sabía del Diablo. Imaginemos que les hubiera explicado esto: que sus mentes sufren ataques constantes del mal. Hubieran pensado que todos estaban endemoniados. Por eso se dedicó a decir que debíamos cuidar nuestro corazón, a vencer los deseos de la carne.

Ahora veamos las cosas desde otro ángulo: si el mal puede tener acceso a nuestra mente mediante la carne y solo como pensamiento, debes saber que Dios tiene total acceso a nuestro espíritu, de allí la inexplicable fortaleza que nos impulsa a buscar a Dios.
Iremos aún más adentro de este tema.

Juan 8:44: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso y padre de mentira.”
Jesús llamó al Diablo padre de mentira y también dijo que el Diablo era homicida desde el principio.
Esto no solo se aplica a lo que pasó en el huerto de Edén, sino también a lo que pasó en el cielo. Siempre usó el engaño para producir la muerte en los que le hacen caso, de manera que todo el que le cree y hace lo que él le dice en la mente morirá.

Pero el asunto no se queda solo en eso. Recordemos que el Diablo es un espíritu, y hay muchos como él, a los cuales llamamos demonios. Estos también son espíritus que no tienen un cuerpo para poder hacer lo que quieren hacer. De manera que, para hacer el mal, necesitan un cuerpo. A este mal que ellos hacen le llamamos pecado; de modo que cuando el demonio quiere pecar, busca un cuerpo para hacerlo.
Es allí donde entra en juego la decisión humana. El demonio quiere pecar y le sugiere al hombre el pecado, pero el hombre es el que decide si presta su cuerpo al demonio para satisfacer su instinto malvado o no.
El problema es que cuando le prestas tu cuerpo al mal, entonces también le das permiso de que se quede. Por eso Cristo Jesús dijo esto:

Juan 8:34: “Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.”

Este es el peligro más grande que puede existir, pues el mal no quiere solo que le prestes tu cuerpo para pecar, sino que te engaña para que participes de su pecado y así pueda quedarse en ti.
El pecado del hombre consiste en dejarse engañar por el mal y voluntariamente prestar su cuerpo.
El demonio es como un tigre en la selva: siempre está al acecho, esperando a su presa para devorarla sin misericordia. El grave problema es que muchos de nosotros llegamos a creer que el mal es nuestro amigo, permitiéndole entrar a nuestro hogar, o lo que es peor, visitamos su casa. A lo que me refiero es que hay personas que saben dónde están los centros de pecado —la casa del mal— y allí lo van a buscar, como si se tratase de un gran amigo.
Querido lector, nadie puede ser amigo de un tigre salvaje, porque tarde o temprano te matará sin piedad. Si no te gustó la figura del tigre, piensa en lo que hace un gato con un ratón una vez que lo ha cazado.
El gato juega con su presa antes de matarla, y a veces no hace falta que la mate: el ratón se muere del miedo. Así juega el mal con el hombre hasta que el hombre muere.

Otra cosa que tienes que saber del mal es que siempre incita al hombre al odio, al rencor, a la lascivia y al homicidio.
Lo más astuto que hace el mal con el hombre es incitarlo a pecar, porque él quiere pecar; y después de que ya logró que el hombre peque, lo acusa fuertemente hasta debilitarlo y hacerlo pensar que se ha alejado de Dios. En esta condición, el hombre baja totalmente la guardia y se vuelve esclavo del mal.
Lo único que puede destruir esta obra maquiavélica del mal es el conocimiento pleno del sacrificio de Cristo en la cruz. Estos textos lo aseguran:

Apocalipsis 12:11: “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.”
Hebreos 9:14: “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”
Juan 8:32: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
Juan 8:36: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”

Estos textos bíblicos tienen un poder sin límites. Este poder hace libre al que lo entiende, así que los entendidos pueden vencer el mal. No hay poder más grande contra el mal que conocer esta verdad descrita en estos textos.
Nadie quiere estar mal delante de Dios; no existe ningún ser humano que, por voluntad propia, quiera estar mal delante de Él. El problema es que el mal es experto en engañar. Por eso, cuida tu mente: los pensamientos que llevan al mal no son tuyos, y todos los pensamientos que llevan al bien tampoco son tuyos; ellos son de Dios, son las obras que Dios quiere que realices. Pero en todo esto tú eres el que decide: el mal no puede obligarte a hacer lo malo, y Dios, pudiendo hacer que hagas lo bueno, tampoco lo hace. Dios espera que tú decidas.
Hay más que decir acerca de esto, pero no quiero abrumarte con tantas palabras. Espero que esto te sirva para tu vida espiritual.

Autor: Félix Guerra Velásquez.

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