Para
quienes estudian la Biblia, es un hecho irrefutable que Cristo ganó
algo inmenso para la humanidad con su sacrificio en la cruz. Sin
embargo, para muchas personas, la salvación no parece tener sentido,
porque no logran ver de qué exactamente necesitan ser salvadas.
Para entender su verdadera importancia, es necesario explicar los detalles. Y para eso, quiero usar un ejemplo sencillo, basado en algo que no se ve a simple vista.
Imaginemos que tú y yo caminamos tranquilamente sobre una vía férrea. De pronto, sin decir una sola palabra, me lanzo sobre ti con fuerza y te empujo violentamente fuera de las vías. Caes al suelo, te ensucias, quizá te golpeas, y lo primero que piensas es que estoy loco. Te levantas molesto y me preguntas por qué hice algo así.
Pero en ese mismo instante pasa el tren frente a nosotros, con toda su velocidad y su peso imposible de detener. Entonces todo cobra sentido. Comprendes que, si no te hubiera empujado, ahora estarías muerto bajo esa locomotora. La molestia desaparece, el enojo se transforma en gratitud, y estarías agradecido conmigo toda tu vida. Incluso contarías a otros la historia del día en que alguien te salvó la vida.
Así funciona la salvación en el cristianismo.
El peligro es real, pero invisible. El infierno no se ve, no se oye, no se siente… hasta que ya es demasiado tarde. Está presente en el pecado, en la ignorancia espiritual, en la falta de fe y en vivir lejos de Dios. Y aunque muchos no lo saben, ya están caminando sobre la vía, con el tren acercándose, solo por no conocer el peligro.
Cristo no vino a exagerar el problema. Vino a empujarnos fuera de las vías antes de que fuera irreversible. Eso es la salvación: ser rescatados de una muerte segura que no sabíamos que nos esperaba.
Y ahora la pregunta es inevitable: ¿qué haces tú con esa salvación?
Porque así como en el ejemplo no bastaba con que el tren existiera, ni con que el peligro fuera real, tampoco basta con que Cristo haya muerto en la cruz. La salvación ya fue ganada, pero debe ser reconocida y aceptada.
La Biblia enseña que este rescate no se compra, no se merece y no se obtiene por obras. Es un don, un regalo de Dios, y solo puede recibirse por medio de la fe. Fe en lo que Cristo hizo, fe en su sacrificio, fe en que su muerte fue suficiente.
Hoy Cristo sigue extendiendo su mano a todo el que entiende el
peligro y decide confiar en Él. Y su promesa es clara y firme:
“El
que a mí viene, yo no le echo fuera.”
No importa tu pasado, tus errores o tu ignorancia previa. Si vienes a Él con fe, Él no te rechaza. La salvación está disponible ahora. El tren sigue avanzando, pero aún hay tiempo de salir de la vía.
Hoy es el día para creer, para venir a Cristo y recibir el regalo más grande que Dios ha dado a la humanidad: la salvación.
Autor: Félix Guerra Velásquez

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