A todos nos cuesta imaginar cómo mira Dios, porque nosotros vemos todo desde abajo, desde lo pequeño, desde lo limitado. Vemos la vida desde la altura de nuestros ojos, y a veces hasta desde el suelo, cuando estamos desanimados, confundidos o preocupados. Por eso, cuando tratamos de imaginar cómo ve Dios, nuestra mente se queda corta, porque intentamos pensar en grande… pero desde lo chiquito.
Yo imagino a Dios en lo alto, pero no en lo alto como quien está lejos, sino en lo alto de su sabiduría, de su entendimiento y de su amor. Él no está lejos: está por encima porque sabe más, entiende más y ama más.
Piensa en esto:
Cuando uno hace un rompecabezas, si ve solo una pieza, no entiende nada. Pero si ve la caja del rompecabezas, con la imagen completa, entonces todo tiene sentido.
Nosotros vemos piezas.
Dios ve la caja completa.
Dios creó todo, y cuando creó las cosas, no las creó fuera de Él, como algo separado, sino dentro de su propio conocimiento y propósito. Por eso Él está en todas partes. Nada está fuera de sus manos.
Dios lo sabe todo:
• lo que pasó,
• lo que pasa,
• lo que pasará.
Y además conoce lo que pensamos, lo que sentimos, lo que planeamos, lo que escondemos y hasta aquello que ni nosotros mismos entendemos de nuestro interior. A Él no se le escapa nada.
Pero, aunque Él lo sabe todo, no anda metiéndose en cada detalle para llamar la atención. Dios no hace las cosas para que lo aplaudan, para tener seguidores o para que lo idolatren como los humanos buscan fama.
Él simplemente es.
No necesita cambiar porque ya es perfecto.
No necesita agradar a nadie porque nadie puede darle nada a Él.
Cuando Dios dice que nos ama, no lo dice para sonar bonito o quedar bien. Lo dice porque es verdad. Su palabra no cambia. Lo que Él promete es firme aunque todavía no lo veamos cumplirse. Cuando Dios habla, puedes considerarlo un hecho.
Ahora piensa en su amor hacia nosotros.
Su amor es como un plato de comida listo en la mesa.
Ahí está, servido.
Pero cada uno decide si comerlo o no.
Dios no te obliga; solo ofrece.
Y aunque Él ve nuestros pensamientos buenos y malos, su amor no cambia. Él no pone distancia porque te equivocaste ni se acerca más porque hiciste algo bueno. Su amor no depende de ti; depende de quién es Él. Y Él no cambia.
Ve lo bueno que pasa en el mundo y ve lo malo también. Pero su amor no se mueve. No se asusta, no se debilita, no duda. Nadie lo amenaza, nadie lo hace tambalear. Él no le rinde cuentas a nadie. Y aun así, con todo ese poder, es perfecto en amor.
Dios ve todo desde arriba.
Y desde esa altura, lo que para nosotros parece caótico, para Él está ordenado.
Lo que para nosotros es tragedia, Él puede usarlo para enseñarnos algo.
Lo que para nosotros es injusto, Él lo ve dentro de un plan más grande donde finalmente todo se acomoda.
Cuando alguien decide aceptar su amor, se llena de Dios.
Cuando alguien lo rechaza, se llena de lo contrario.
Por eso no es justo decir que Dios es el autor de lo malo. Lo malo nace cuando el ser humano se aleja de su amor, no cuando Dios hace algo.
Para que lo entiendas mejor, imagina esto:
• El sol da luz y calor.
• Si alguien decide ponerse bajo sombra, el sol no tiene la culpa de que tenga frío.
• El sol sigue siendo sol, dando luz.
• El problema no es el sol; es la posición de la persona.
Así pasa con Dios.
Y desde esa altura donde solo Él puede ver, observa nuestra vida completa:
• ve el camino antes de que lo caminemos,
• ve el fruto antes de que plantemos la semilla,
• ve la salida cuando nosotros aún creemos estar atrapados,
• ve la sanidad cuando nosotros solo vemos dolor.
Nosotros vemos el momento; Él ve toda la historia.
Nosotros vemos lágrimas; Él ve la fuerza que crecerá después.
Nosotros vemos caída; Él ve levantamiento.
Su mirada no es fría ni lejana.
Es la mirada de un Padre que entiende todo, que no se confunde, que no se desespera, que no abandona.
Desde lo alto, Él inclina su mirada hacia nosotros para guiarnos, levantarnos y enseñarnos lo que solos nunca podríamos entender.
Por eso confiar en la mirada de Dios es descansar en la única perspectiva perfecta que existe. Él ve desde arriba lo que nosotros no podemos ver desde abajo. Y cuando entiendes eso, empiezas a vivir con paz, porque sabes que, aunque no entiendas todo, estás en manos de Aquel que lo entiende todo.





