Hay momentos en la Biblia donde parece que un hombre se levanta con tanta autoridad que incluso la naturaleza se detiene ante su voz. Para algunos, eso suena como si Dios obedeciera la palabra humana. Pero cuando miramos más profundo, entendemos un misterio mayor: la creación obedece al Espíritu Santo que habla desde el ungido.
1. Josué: la voz humana que resonó con autoridad celestial
En Josué 10 no vemos a un hombre pidiendo, ni orando, ni suplicando.
Lo vemos ordenando:
“Sol, detente… Luna, párate…”
Josué no dirigió su palabra hacia Dios.
La dirigió
a la creación.
Y los astros obedecieron.
El escritor bíblico dice que “Yahvé escuchó la voz de un hombre”, porque eso fue lo que él vio externamente. No tenía la revelación completa. Pero el milagro no ocurrió porque Dios siguiera la instrucción de Josué… sino porque la creación reconoció la voz del Creador hablada por medio de su ungido.
La boca era de Josué,
pero la voz era del Espíritu Santo.
Por eso no hubo día como aquel.
No porque Dios hiciera algo jamás pensado,
sino porque un hombre se alineó tan profundamente con el Espíritu que lo que declaró resonó con autoridad divina.
2. Moisés: el ungido que pidió lo que ya tenía
En el Mar Rojo, Moisés hizo lo que cualquier líder haría ante un peligro:
clamar a Dios.
Pero la respuesta divina lo confrontó:
“¿Por qué clamas a mí?
Alza tu vara y divide el mar.”
En otras palabras:
No me pidas lo que ya te di.
No ores por lo que ya está dentro de ti.
No solicites lo que ya puse en tus manos.
Para Dios, el camino ya estaba abierto.
El cielo ya había hablado.
La autoridad ya había sido delegada.
Lo único que faltaba era que el ungido ejerciera lo que cargaba.
3. El patrón divino es el mismo en ambos casos
Tanto en Josué como en Moisés vemos este orden espiritual:
(1) Dios deposita autoridad en el ungido.
La vara en Moisés.
El Espíritu sobre Josué.
(2) El ungido no necesita pedir lo que ya posee.
Porque la autoridad no está afuera: está dentro.
(3) Dios no hace lo que Él mismo ya decretó dentro del ungido.
Él no repite Su propio mandato.
Lo expresa a través del hombre.
(4) La creación obedece.
El mar se abre.
El sol se detiene.
¿Por qué?
Porque la creación reconoce la voz de su Creador, aun cuando esa voz fluye desde labios humanos.
4. La esencia de la verdadera unción
Un verdadero ungido no se esfuerza por ser escuchado por Dios.
No se desespera por pedir lo que Dios ya colocó dentro.
No clama por algo que ya está decretado en el Espíritu.
El ungido simplemente habla desde la unión con el Espíritu Santo.
Y cuando lo hace:
No porque el ungido tenga poder propio,
sino porque el Espíritu habla desde dentro.
5. La lección espiritual final
En Josué y en Moisés vemos una misma verdad:
La autoridad espiritual no se mendiga; se ejerce.
El ungido no vive pidiendo,
vive manifestando.
No vive clamando,
vive ejecutando lo que el Espíritu ya decretó.
Y por eso, cuando la palabra sale de su boca,
no es un hombre tratando de influenciar al cielo,
sino el Espíritu Santo gobernando la tierra a través de él.
Así, el ungido no manda sobre Dios.
Dios manda por medio del ungido.
Y la creación —que conoce la voz de su Autor— obedece.
Autor: Félix Guerra Velásquez