1. Contexto bíblico
Desde el principio Dios ha escogido vasos humanos para manifestar su poder. No porque en ellos haya virtud propia, sino porque el Espíritu Santo se deposita en quienes Él elige. El patrón es constante: la bendición fluye cuando el pueblo reconoce y cree en la unción de Dios sobre su siervo; y, al contrario, la incredulidad y el menosprecio bloquean el obrar divino.
Jesús lo ilustró claramente en Lucas 4:25-27, al recordar que en tiempos de Elías y Eliseo, los milagros no fueron para los israelitas incrédulos, sino para extranjeros que confiaron en los profetas como siervos de Dios.
2. Ejemplos del Antiguo Testamento
Moisés
Cuando el pueblo de Israel vio el mar abierto, no solo creyó en Jehová, sino también en Moisés, su siervo:
“Y vio Israel aquel grande hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios; y el pueblo temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo” (Éxodo 14:31).
El reconocimiento de Moisés como siervo ungido fue parte de la fe que abrió la puerta al milagro.
Elías
La viuda de Sarepta recibió provisión y resurrección de su hijo porque confió en que la palabra de Jehová estaba en la boca de Elías:
“Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca” (1 Reyes 17:24).
Su fe no fue solo en Dios, sino en el vaso que Él había enviado.
Eliseo
Naamán fue sanado solo después de obedecer la instrucción del profeta:
“Entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño” (2 Reyes 5:14).
El milagro llegó cuando dejó el orgullo y reconoció la autoridad de Eliseo como ungido de Dios.
Moisés y los setenta ancianos
Dios tomó del Espíritu que estaba en Moisés y lo puso sobre setenta ancianos (Números 11:16-17, 25). Aquí vemos que la unción se reparte y se multiplica, pero sigue fluyendo del vaso principal que Dios escogió. Menospreciar a Moisés hubiera sido menospreciar la fuente de esa unción.
3. Ejemplos del ministerio de Jesús
En Nazaret, Jesús no pudo hacer milagros por la incredulidad de la gente que lo veía solo como el hijo del carpintero (Mateo 13:55-58; Marcos 6:5-6). El problema no fue falta de poder, sino falta de reconocimiento de la unción en el vaso de Dios.
Por contraste, la mujer con flujo de sangre sí reconoció esa unción:
“Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva” (Marcos 5:28).
Muchos lo tocaban, pero solo ella recibió virtud (dynamis) porque creyó que Dios estaba en Jesús.
4. La iglesia primitiva y la unción
Después de la resurrección, Jesús declaró:
“El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12).
Esto se cumplió cuando el Espíritu Santo vino sobre ellos en Pentecostés (Hechos 2:4). La unción de Cristo ahora reposaba en sus discípulos.
Ejemplos:
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Pedro: su sombra bastaba para sanar porque el pueblo creía en la unción sobre él (Hechos 5:15).
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Pablo: pañuelos y delantales llevados de su cuerpo sanaban enfermos (Hechos 19:11-12).
No era sombra ni paño en sí, sino la fe del pueblo en la unción del Espíritu que habitaba en esos vasos.
5. El peligro del menosprecio
Jesús dijo:
“El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mateo 10:40).
Menospreciar al siervo de Dios equivale a rechazar a Dios mismo, porque Él decidió depositar su Espíritu en vasos humanos. Esa actitud cierra la puerta a la bendición.
Por eso en Nazaret la incredulidad impidió los milagros. Y por eso tantos en Israel no recibieron, mientras extranjeros sí lo hicieron: porque el orgullo y el menosprecio los cegaron.
6. Interpretación espiritual
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La fe en Dios y el reconocimiento del vaso van unidos: El poder fluye cuando la persona cree que Dios está presente en su siervo.
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El menosprecio corta la bendición: la incredulidad y la falta de honra al instrumento de Dios alejan al hombre de la sanidad, provisión y milagros.
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La unción es de Dios, no del hombre: los siervos son vasos de barro (2 Corintios 4:7), pero el tesoro que contienen es el Espíritu Santo.
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El principio de honra abre el cielo: “El que recibe profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá” (Mateo 10:41).
7. Conclusión
La historia bíblica y la enseñanza de Jesús son claras: menospreciar a los siervos ungidos por Dios es cerrarse a los milagros de Dios mismo. La sanidad y la provisión llegan cuando el pueblo cree, no solo en Dios en lo abstracto, sino en que Dios habita y obra en sus vasos escogidos.
Así como la mujer con flujo de sangre fue sanada al reconocer la unción en Jesús, así también hoy los que reconocen la unción en los siervos de Cristo experimentan la manifestación de su poder.
El principio espiritual se resume así:
La fe abre la puerta a la unción; el menosprecio la cierra.













